Las transiciones nunca son fáciles. Cuando me incorporé a Burson-Marsteller en mayo de 2008, como Director de la práctica de Asuntos Públicos en Miami, hice una transición no solo profesional sino también cultural. Luego de más de dos décadas como periodista y editor, mi conocimiento de las relaciones públicas se limitaba mayormente a personas, en agencias como Burson-Marsteller, llamándome a todas horas, hasta cuando estaba intentando cerrar una edición. Cada “pitch” prometía la entrevista perfecta. Debo admitir que algunas propuestas resultaron en excelentes artículos. Pero, para mis colegas periodistas, había cruzado al “lado oscuro”.
Cuando digo que estaba incursionando en una transición cultural, quiero decir que pasé de tener un perfil prominente como Editor-en-Jefe de la revista Latin Trade a trabajar tras bambalinas para que el cliente sea el foco de atención. Pasé de ser la persona que recibía las llamadas de “pitch” a ser la persona que las hace. No todos los periodistas sobreviven el proceso. De hecho, ese fue un tema recurrente en mis entrevistas antes de que se me ofreciera el puesto en B-M, ya que todos mis entrevistadores parecían preocupados sobre si podría cruzar sin problemas de un lado del escritorio al otro. Desde que tomé el puesto, he aprendido varias cosas:
1. Hay más de lo que está a la vista. Como periodista, mi preparación para cualquier entrevista, fuese con el presidente de una empresa o el de un país, consistía en unas horas de investigación y lectura para formular preguntas, muchas de las cuales desechaba a favor de otras que surgían de manera natural en medio de la plática. No fue hasta que llegué a B-M que me di cuenta que mis entrevistados probablemente habían sido sometidos a “media training”, posiblemente habían hecho una entrevista de ensayo para anticipar mis preguntas, y sin duda tenían una lista de mensajes claves. ¡Si supieran que muchas veces le dedicaban más tiempo que yo a prepararse para la entrevista!
2. La relevancia es relativa. Como editor, tenía la potestad de decidir quién merecía ser entrevistado y quién no. Desde que llegué a B-M, sin embargo, decidí que todos mis clientes son las personas más interesantes con los que pudiera hablar un periodista.
3. Todo tiene un precio. Como editor, pocas veces pagaba para suscribirme a una publicación. Es una de esas cortesías profesionales. Tampoco pagaba para asistir a conferencias, en muchas de las cuales era moderador o ponente. Se imaginarán mi asombro cuando por primera vez el asistir a un evento o adquirir una suscripción conllevó una discusión presupuestaria.
Pero mi experiencia periodística ha sido útil para mi y mis clientes en mi nueva carrera. Me permite anticipar como tal o cual periodista está estructurando su nota. Me permite acceso a una amplia red de amigos en los medios. Muchos de los periodistas que les quitan el sueño a mis clientes son personas con las que he trabajado, o para quien he trabajado, anteriormente. Igualmente, mi experiencia me da un sentido de escepticismo que obliga a que el cliente considere puntos de vista en los que no había pensado.
Más importante aún, la transición me ha dado una nueva visión del mundo de las relaciones públicas. Al saber que me unía al equipo de B-M, Stuart, un ex colega, me dijo: “¿Entonces eso quiere decir que estarás controlando lo que dicen tus clientes y distribuyendo folletos en eventos?” Para Stuart, eso era lo que significaban las relaciones públicas. Sin embargo, en B-M hago uso de una amplia gama de herramientas que combinan la ciencia (“evidence-based”) con el instincto (sentido común). Ya entiendo lo valioso que son nuestros servicios para nuestros clientes, bien sea durante la emoción de algún acontecimiento positivo o en medio de una crisis. Stuart, el “lado oscuro” no es tan oscuro como creías.
Las transiciones nunca son fáciles. Cuando me incorporé a Burson-Marsteller en mayo de 2008, como Director de la práctica de Asuntos Públicos en Miami, hice una transición no solo profesional sino también cultural. Luego de más de dos décadas como periodista y editor, mi conocimiento de las relaciones públicas se limitaba mayormente a personas, en agencias como Burson-Marsteller, llamándome a todas horas, hasta cuando estaba intentando cerrar una edición. Cada “pitch” prometía la entrevista perfecta. Debo admitir que algunas propuestas resultaron en excelentes artículos. Pero, para mis colegas periodistas, había cruzado al “lado oscuro”.
Cuando digo que estaba incursionando en una transición cultural, quiero decir que pasé de tener un perfil prominente como Editor-en-Jefe de la revista Latin Trade a trabajar tras bambalinas para que el cliente sea el foco de atención. Pasé de ser la persona que recibía las llamadas de “pitch” a ser la persona que las hace. No todos los periodistas sobreviven el proceso. De hecho, ese fue un tema recurrente en mis entrevistas antes de que se me ofreciera el puesto en B-M, ya que todos mis entrevistadores parecían preocupados sobre si podría cruzar sin problemas de un lado del escritorio al otro. Desde que tomé el puesto, he aprendido varias cosas:
1. Hay más de lo que está a la vista. Como periodista, mi preparación para cualquier entrevista, fuese con el presidente de una empresa o el de un país, consistía en unas horas de investigación y lectura para formular preguntas, muchas de las cuales desechaba a favor de otras que surgían de manera natural en medio de la plática. No fue hasta que llegué a B-M que me di cuenta que mis entrevistados probablemente habían sido sometidos a “media training”, posiblemente habían hecho una entrevista de ensayo para anticipar mis preguntas, y sin duda tenían una lista de mensajes claves. ¡Si supieran que muchas veces le dedicaban más tiempo que yo a prepararse para la entrevista!
2. La relevancia es relativa. Como editor, tenía la potestad de decidir quién merecía ser entrevistado y quién no. Desde que llegué a B-M, sin embargo, decidí que todos mis clientes son las personas más interesantes con los que pudiera hablar un periodista.
3. Todo tiene un precio. Como editor, pocas veces pagaba para suscribirme a una publicación. Es una de esas cortesías profesionales. Tampoco pagaba para asistir a conferencias, en muchas de las cuales era moderador o ponente. Se imaginarán mi asombro cuando por primera vez el asistir a un evento o adquirir una suscripción conllevó una discusión presupuestaria.
Pero mi experiencia periodística ha sido útil para mi y mis clientes en mi nueva carrera. Me permite anticipar como tal o cual periodista está estructurando su nota. Me permite acceso a una amplia red de amigos en los medios. Muchos de los periodistas que les quitan el sueño a mis clientes son personas con las que he trabajado, o para quien he trabajado, anteriormente. Igualmente, mi experiencia me da un sentido de escepticismo que obliga a que el cliente considere puntos de vista en los que no había pensado.
Más importante aún, la transición me ha dado una nueva visión del mundo de las relaciones públicas. Al saber que me unía al equipo de B-M, Stuart, un ex colega, me dijo: “¿Entonces eso quiere decir que estarás controlando lo que dicen tus clientes y distribuyendo folletos en eventos?” Para Stuart, eso era lo que significaban las relaciones públicas. Sin embargo, en B-M hago uso de una amplia gama de herramientas que combinan la ciencia (“evidence-based”) con el instincto (sentido común). Ya entiendo lo valioso que son nuestros servicios para nuestros clientes, bien sea durante la emoción de algún acontecimiento positivo o en medio de una crisis. Stuart, el “lado oscuro” no es tan oscuro como creías.